Como el mismísimo “Jonás”, tuve que ser engullido, digerido y excretado para poder dimensionar el tamaño del monstruo en el que habite durante toda mi juventud, así con repujes de tinte escatológico por demás figurativos es que me hacen quedarme tendido sobre esta planicie desértica, acá donde me arrojó la vida, desecándome al calor de un sol devastador de invierno y desintegrándome al roce del viento casi gélido, los remanentes de mi. Veo solo la retaguardia y sus movimientos peristálticos, veo como se aleja esa titán que drenó buena parte de mi jovialidad, succionando mis jugos de mocedad.
La he querido definir desde siempre, tratar de comprender que hace de su cruenta fealdad el atractivo que nos une a ella, como un ente del cual solo se puede hablar viéndola desde fuera, a distancia segura, después de sobreseerle los años en los que la energía me brotaba desde las cavidades de mi organismo. Exhausto, abyecto, inserto en la madurez de la que ya no hay vuelta.
Desde aquí, la venero, la justifico, le abono meritos inexistentes, la repugno, le tengo aversión… Te quiero Ciudad de México, Distrito federal…